Un post me inspira Sota
¥ Miércoles, 24 de Septiembre de 2008
Leyendo el post con el que Sota nos ha deleitado, me ha venido la inspiración y os cuento las bonitas historias religiosas que hay por Cádiz.
- En Cádiz tenemos de patronos a San Servando y San Germán, porque eran cristianos que vinieron a convertir a la ciudad y nos los cargamos nosotros mismos. La gente pasa de ellos, pero bueno, tienen un par de estatuas y patronos se han quedado.
- De patrona tenemos a la Virgen del Rosario. Nadie sabe muy bien porqué y no se le hace caso tampoco demasiado. La Iglesia en la que está es bonita de ver y la pintan con su blanco y su doré (la Iglesia, no a la Chari).
- Cuando nos vino la peste, el Nazareno hizo un pimpampún y la eliminó de la ciudad en, hmmm, bueno, en un tiempo prudencial. Como los puestos de patronos y patronas ya estaban cogidos, pues le hicimos regidor perpetuo. Y tenemos a la Teo todos los años cediéndole el bastón de mando y procesionando delante suya, sencilla que es ella. Bueno, el Nazareno, de paso, dejó la peste el tiempo necesario por Sevilla para quedarnos con el monopolio del comercio con América, que no nos gusta que nos quiten el protagonismo y era algo de mucho poderío en la época.
- En Cádiz, que no nos gusta que nos quiten el protagonismo (¿ya lo he dicho?), aprovechamos que el maremoto pasaba por Lisboa para tener nuestra megaola particular (tsumani, que diría mi amiga la Preysler). Casualmente, la Virgen de la Palma la paró en el punto exacto donde el cura de turno plantó el estandarte con su imagen. A esta, como ya no quedaban títulos que regalar, la gente le aplaude mucho en Semana Santa.
- En la posguerra, un polvorín del ejército estalló y destruyó una parte de la ciudad. Se dice, se cuenta, se rumorea (que, pal caso, es lo que hacen con el Nazareno y la peste), que un buen hombre que pasaba por allí, en un acto de locura, hizo un pimpampún y consiguió que sólo estallara una parte del mismo, que si llega a estallar todo nos quedamos sin ciudad y parte del extranjero. Lo cual hizo que yo esté aquí, porque mi abuela sólo vio cómo la onda expansiva la empujó de la cocina hasta las escaleras en lugar de saltar por los aires hasta Jerez de la Frontera. Al hombre en cuestión, como ya no quedaban títulos ni aplausos en Semana Santa que repartir, le despacharon con un par de palmaditas en la espalda.
Y como diría mimanué, lerele, lerele, desde entonces se bailan los fandangos.



